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A MI ME GUSTA LA TIERRA: Kolódischi

A mi me gusta la tierra 26 febrero, 2015 Sin comentarios

Hola, me llamo Olga, y quiero contaros de mi pueblo que está profundamente arraigado y mimado en mi corazón.

 

Yo nací en el país que en España llaman Bielorrusia,  y nosotros lo llamamos Belarús,  se ubica entre  Rusia y Polonia siendo una especie de puente cultural y geográfico entre la Unión Europea y Rusia.

 

Dentro de este verde y tranquilo país hay un pequeño pueblo, tan pequeño que ni siquiera tiene nombre propio. El nombre que utiliza pertenece en realidad a su pueblo vecino, que es mucho más grande, pero bueno, yo y toda mi familia lo llama así:

Kolódischi

Literalmente viene a decir algo como “pozuelos”.  De esta forma a muchos os resultará familiar :)

 

No nací en Kolodischi, nací en Minsk, la capital de Bielorrusia, pero el pueblo ha sido, desde antes de que naciese, “MI PUEBLO”, porque allí pasaba todos y cada uno de mis veranos, mis muchas primaveras y otoños, todo el tiempo cuando no iba al cole.  El 80% de mis recuerdos de la infancia,  casi toda mi nostalgia y una gran parte de mi amor por algún lugar, están relacionados con “pozuelos”.

 

He aquí algunos hechos cortos:

 

1.- ABEJAS. Era un pueblo de apicultores aficionados. Mi abuelo lo era, su vecino y el vecino de enfrente, y el de la calle de atrás. Los vecinos se “picaban” entre ellos por quién era el mejor apicultor. Eran frecuentes las discusiones  sobre el tema. Mi abuelo me enseñó a distinguir entre nuestras abejas y las de los vecinos. Y Sí, puedo distinguir razas de abejas hasta hoy.

 

 

2.- OLOR.   “Pozuelos” va porque el pueblo está ubicado en una laguna. Y cada vez que llovía, allí llovía un poquito más. Recuerdo el olor a fresco y verde que invade el pueblo no solamente tras la lluvia, sino que prácticamente siempre.

 

 

3.- EL ROBLE.  Como en muchos lugares, La gente del pueblo pasea cuando llega el fresco. En Kolodischi el lugar de “peregrinaje” para realizar una caminata tranquila  era “el roble”. Todo el mundo iba “al roble”. Era un árbol centenario,  de unos 20 metros de altura,  ancho como para no poder abrazarlo uno solo. Una vez, antes de que yo naciese, le cayó un rayo encima. Al quemarse parcialmente, el roble formó una “cueva” dentro que lo hizo aún más pintoresco y al estilo de hobbits.  Hoy en día el roble está seco y  talado casi por completo, pero el lugar sigue siendo el del roble, aunque,  sí,  sin él ya no es lo mismo.

 

 

4.-De arriba y  de abajo”.   La laguna del pueblo tiene forma rectangular ligeramente inclinada.  La parte del bosque que la rodea en el extremo más alto se llamaba “el bosque de arriba”. Y la parte de abajo – eso es,  “el bosque de abajo”. Cada bosque tenía su carácter y finalidad: el de arriba era lleno de luz, los arboles eran diversísimos, el propio bosque era transparente, soleado y lleno de ruidos y vida. Allí solíamos jugar de la mañana y hasta que se ponía el sol.

El bosque de abajo era sombrío, exclusivamente de pinos, oscuro, silencioso. Allí jugábamos a la guerra y a cosas terroríficas, y era allí donde estaba el roble. El único roble de ese bosque.

 

 

5.- La tierra de Kolodischis es muy parecida a la turba de jardinería. Es casi de la misma textura que se vende en España para las macetas: es porosa, suave, oscura y aromática. Decían mis abuelos que la mejor tierra era la que estaba debajo del avellano.

 

 

6.- Recopilador de agua. En casa de mis abuelos había un enorme recopilador de agua, de aspecto de dos barriles gigantes unidos entre sí, de hierro fuerte pintado de color rojo. Los niños escalábamos esos barriles y la verdad es que, pese a ser tan altos y resbaladizos, no recuerdo en toda mi infancia ver a alguien caerse.  Menos mal :)

 

 

7.- Bayas y setas. En mi infancia, los bosques estaban llenos de tesoros! Algunos, muy placenteros y divertidos de buscar  ¡¡Las setas!!  Me encanta buscar setas!!!

Y otros,  eran solo placenteros una vez concluida la búsqueda, al menos para mí personalmente y mi padre. Sin embargo, al resto de la familia numerosa le encantaba recoger ¡¡Las bayas!!

A los adultos les venía bien mandar a los niños a recoger arándanos silvestres, abundantes en ese lugar, pero a mi me mataba el oficio. Hasta ahora no consigo entender cómo puede ser divertido recolectar un fruto tan pequeño. Para llenar un vasito se tarda media hora!!!

 

 

8.- Linces. Vivian linces por allí. Una vez incluso uno entró en nuestro corral y se comió un par de gallinas y mató al valiente galló que salió a defenderlas. Era invierno, hacia mucho frío y supusimos que el lince realmente estaba pasando hambre.

 

 

9.- El tren. El pueblo tiene su estación de tren. Y el tren pasaba tan a menudo que a lo largo de años el ruido de su movimiento se me ha arraigado al alma como algo inherente al pueblo. Nosotros, los niños,  jugábamos a distinguir qué tipo de tren era, a juzgar por el ruido: de mercancías, de personas, el exprés…

 

 

10.- Las fogatas. En el pueblo cada tarde se hacían fogatas. Desde los 3 años todos sabíamos hacer el fuego y la cosa más deliciosa para mi hasta hoy es una patata asada en el fuego, sin papel de aluminio ni nada, así, sin pelar, que huele a humo. Las he comido a cientos!

 

 

11.- La tienda. Había una única tienda en el pueblo que vendía un poquito de todo. Me gustaba que me mandasen a la tienda porque con el dinero sobrante de la compra a veces me podía comprar la mantequilla chocolateada, cosa que me parecía un manjar que no estoy segura si sigue existiendo.

 

 

12.- El teléfono. Otro cometido divertido y entretenido era ir a llamar por teléfono. Justo al lado de la tienda hay una caseta telefónica, pero… solamente con el enchufe para enchufar tu propio teléfono convencional. Así que todo el mundo tenía un aparato diferente y lo traía en un bolsito cuando necesitaba llamar a alguien.

 

 

13.- Las ortigas. Al ser un sitio húmedo, las ortigas proliferaban en los bosques,. Mi abuela llegó a usarlas como varas  para castigos muy importantes. Los tallos tiernos están muy buenos en el puchero y se parece mucho a las espinacas, siendo algo más ácidos. Los niños usábamos la ortiga como “arma”  a la hora de jugar a la guerra. He llegado a estar cubierta de ronchas de sus  “picaduras”  pero lo recuerdo como algo gracioso y propio de una infancia loca, rebelde y feliz.

 

 

 

14.-  El parasol. Una de las setas que más crecen en el pueblo es una llamadaparasol“. Mi abuelo solía contar que las asaban en el fuego en su infancia. En la mía, nadie las recolectaba y mis padres la consideraban tóxica.  Una vez, haciendo caso a mi abuelo por supuesto, dije a los nietos del vecino que la seta era comestible. Nadie me creía. Enfadada, dije que era verdad y que para demostrarlo me iba a comer una cruda directamente arrancada del suelo. Me tomaron la palabra y me comí una sin querer, pero era cuestión de principios. A  los 15 minutos  de mi hazaña se enteró todo el pueblo y mis padres me llevaron al hospital para que me lavaran el estómago. Lo pasé muy mal con ese procedimiento. Años más tarde, de adulta me enteré de que efectivamente es una seta totalmente comestible y hasta apreciada en algunos países :)

 

15. – Las cuestas. Bielorrusia es un país llano y sin montes, pero como he dicho, mi pueblo se ubica en una laguna, por lo tanto, todo lo que está alrededor es  un “monte”, lo cual significa que me pasé toda mi infancia bajando cuestas en bicicleta a toda marcha. Nunca olvidaré esta sensación de libertad.

 

16.- La zarzamora. Todos los vecinos criaban frutos sabrosos: manzanos, cerezos, frambuesas. Mis abuelos eran amantes de zarzamora…  Y para colmo sus arbustos apenas daban frutos, y los pocos que daban salían a la calle, con lo cual siempre eran comidos por los demás. Yo tenía envidia de mis amigas cuyos huertos estaban llenos de frutos más sofisticados como fresas o frambuesas.  Mis abuelos no nos escuchaban, las zarzamoras eran sagradas. Ahora,  y no sé por qué razón , me resulta un hecho genial el haber sido diferente :)

 

17.-  Los injertos. Nunca he visto en mi vida una mayor cantidad de injertos en los manzanos. En cada manzano de mi abuelo (y los de los vecinos) crecían como mínimo tres variedades de manzanas. De hecho, conozco muchas variedades de manzanas, casi el mismo número que las abejas :)

 

18.-  Paracaídas. En el bosque de arriba crecían muchos robles. Cuando ese árbol es joven, ya es muy fuerte, pero aun flexible. De niños jugábamos a un juego horrible llamado paracaídas. Consistía en subirse a un roble de tronco fino y cuando llegabas a su cima, el árbol se doblaba y podías saltar al suelo.  No, no rompimos ningún roble, pero sí nos hicimos cientos de arañazos.

 

19.-  Cementerio de perros. En el bosque de arriba hasta ahora sigue existiendo un enigmático cementerio de mascotas. De pequeños nos contábamos historias tristes leyendo las lápidas de los animales. Ahora me pregunto quién habrá sido aquel quien se molestó en fabricar lápidas reales para sus mascotas. Creo que eran todas de la misma familia, pero nadie lo sabe.

20.- El té.  Mis abuelos recolectaban plantas medicinales para infusiones y hacían un té espectacular.  El que más me gusta es uno de hypericum y tomillo.  También le añadían manzanas secas, arándanos y miel.  No hay nada mejor que los regalos de la tierra. Paso Doble hace lo mismo y me hace revivir mi infancia donde mi pueblo brillaba en todo su esplendor. Gracias.  este verano aportaré literalmente un par de granitos de su arena para el museo de tierra de Paso Doble.

 

 

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